Historias Curiosas

 

La Saca del Jueves Santo
Con nieve en 1998

   La "Saca" es una estampa emotiva que se repite con la misma puntualidad que el calendario. Acontece la festividad de Jueves Santo, que, para un hermano de Jesús Nazareno, es día de expectación, preparación, reflexión y esperanza. ¿Quién no aguarda desvelado que "La Ronda", en mitad del silencio de la noche, le recuerde la proximidad del alba? ¿Quién no espera con impaciencia la llegada de las primeras luces de Viernes Santo?
    La "Saca" es una tradición secular en el seno de nuestra Cofradía. Algo consustancial con su misma historia. Lástima que la voracidad de las llamas redujera a cenizas el valioso patrimonio y las referencias escritas de esta antigua "Compañía", aquel aciago 1º de enero de 1809, cuando ardiera, sin poderlo remediar, el Convento de Santo Domingo, una vez que los coraceros napoleónicos hicieran de nuestra ciudad cuartel y establo.

   Por eso, la primera reseña de la "Saca" que ha llegado hasta nosotros de un modo fehaciente data de 1847. Pero sin volver en exceso la vista atrás, en los Estatutos de 1927, en el artículo 11, todavía se podía leer: "El Jueves Santo se colocará una mesa petitoria en la Capilla de Santa Nonia, cuya saca organizará el Abad en la forma que tenga por conveniente, con el auxilio necesario de los Seises, y si lo creyere conveniente, el de los Hermanos".
    El ensanchamiento natural de la ciudad, su expansión demográfica, trajo consigo que nuestra agrupación penitencial incrementara el número de hermanos, que los pasos aumentaran sus dimensiones, como sucediera con "La Crucifixión", el año siguiente, cuando se adicionaron las figuras de la Virgen y San Juan, y la colaboración de todos resultó necesaria. Y con criterios de equidad, fue establecido el turno de "saca" que, de este modo, ha llegado hasta nuestros días.
    Si "La Saca" nació como una necesidad imperiosa de la Cofradía, como una colecta "para que pudiera salir la procesión". Actualmente su fruto es un capítulo importante en el epígrafe de tesorería. ¿No es un acto hermoso allegar recursos para nuestra Cofradía acompañando a Jesús Nazareno, nuestro Bendito Titular, dando cumplimiento a los acuerdos establecidos por los primitivos fundadores en los albores del siglo XVII?
    El golpe seco, grave, de la horqueta, el requerimiento de viva voz: "Una limosna para Jesús", la resonancia metálica que abonan las monedas, esta ceremonia sencilla y fraterna, que debemos acrecentar con nuestra participación, forma parte también del legado histórico de nuestra agrupación pasional. Y después, así  el óbolo espontáneo alcanza su destino, esa expresión, auténticamente nazarena: "Que Jesús te lo pague", viene a consolidar el espíritu penitencial de esta convocatoria tradicional que es la saca.
    Aunque sería motivo de otro comentario, no se puede soslayar que la llamada "Exposición de los Pasos" es otra tradición íntimamente unida a la "Saca". Una es consecuencia de la otra. Ambas conforman un punto de encuentro inevitable de numeroso leoneses el día de Jueves Sano, que tiene como escenario la recoleta iglesia de Santa Nonia, nuestra sede, que rezuma intrahistoria leonesa por sus cuatro costados.
    Ahora, cuando nuestra Semana Santa soporta el desembarco de las formas, modos, modas, maneras que nada tienen que ver con nuestra idiosincrasia, con nuestro carácter sentidamente austero, cuando intentan imponer criterios importados de otras latitudes que sólo vienen a desvirtuar nuestras raíces, nuestra obligación es potenciar nuestros actos. La "Saca" es uno de ellos. El artículo 6ºde los vigentes estatutos así lo determina. Esta cita entrañable, que, como viene aconteciendo hasta ahora, año tras año, requiere el esfuerzo de todos, debe de seguir siendo, para un hermano de Jesús Nazareno, un compromiso ineludible.

Máximo Cayón Dieguez

Las manolas

   En medio de las solemnidades religiosas y tradicionales de la Semana Santa, hay una estampa femenina, rescatada quizás un poco de los álbunes familiares de antaño y de la propia memoria, que son las "manolas". No obstante, la "manola" que hoy entendemos, la mujer vestida a la española - mantilla y peineta - que figura en los cortejos procesionales, tenía otra idiosincrasia diferente no más atrás de los años cuarenta. Así, la tarde de Jueves Santo se echaban a la calle para recorrer los "monumentos" que se eregían en las iglesias, cual tradicional peregrinación previa al trágico día de Viernes Santo. Eran otros tiempos y otra forma de entender la vida.
    La Semana Santa de León de aquellos años se vestía de una tierna y encantadora fisonomía y las "manolas" eran el más gracioso atractivo callejero. Mujeres vestidas de negro, con su peineta o con su teja, según los gustos, y luciendo hermosas mantillas. También, sujetando en sus enguatadas manos el misal y el rosario. Eran, sin duda una atracción - dicho en el mejor de los sentidos - por tan españolísimo atavío.
    Un detalle digno de resaltar de aquellas "manolas", es que todas y cada una de ellas tenían por distinción llevar sobre un pecho un ramillete de "pensamientos", de lilas o de violetas, cual detalle eminentemente femenino y encantador. En cualquier caso, flores de Pasión.
    La figura de la "manola", en fin, vuelve a recobrar actualidad en las procesiones. Principalmente en la de "Los Pasos", donde cada vez son más las mujeres leonesas que participan. Son, qué duda cabe, como un aroma especial y un homenaje de la femineidad hispana a la Semana Santa.
    Y como todo, si se mira desde el lado positivo, tiene su cascarrillo o su anécdota, por supuesto amable, les relataré una que ocurrió con una "manola"  en nuestra procesión. Esta "manola" tenía - y tiene - especial devoción por nuestra Dolorosa. De modo que todos los viernes santos, vestida a la española, se situaba al principio del "paso" para desfilar en la procesión. Y todos los años, como penitencia vitalicia, el seise de turno le indicaba que su lugar estaba detrás de la imagen, no delante. Ella, a su pesar, obedecía acatando el ruego.

   Pero un año el ingenio de la mujer fue a más. Con lo que ese Viernes Santo, impecablemente vestida de nuevo, se colocó delante de la Virgen. El seise, también una vez más, le rogó que se colocara detrás de la efigie, a lo que la señora respondió: "Está usted equivocado. Yo no voy delante de la Señora, sino detrás del San Juan, que no es lo mismo". Con lo que se terminó la polémica y la dama vio cumplidos sus deseos sin otros contratiempos.
    En cualquier caso, estampas que, afortunadamente, se están recuperando en la Semana Santa leonesa, y más concretamente, en nuestra procesión: las "manolas".

Las populares "manolas"

Leal Caballero

Matar judios

   Dicen los viejos que los leoneses somos una gente muy religiosa, y que siempre hemos tenido grandes agitaciones por cuestiones de religión y más cuando de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo se trata.
    Dicen los viejos, que la celebración de la Pascua y Resurrección del Salvador debe de celebrarse con recato y comedimiento y que excesos deben de ser evitados como manda la Santa Madre Iglesia. Que en esos días deberá el hombre evitar de conocer bíblicamente a su esposa y demás necesidades de la carne. Y que deberá evitar el consumo de bebidas que disturben la capacidad física para la oración, así como la carne de animal alguno.
    Dicen los viejos, que estos hechos, se debieron llevar a cabo hace ya muchos años en estas tierras de la ciudad de León, y especialmente, donde la comunidad judía estaba afincada, en lo que hoy conocemos como el Barrio de Santa Ana, con sus soportales y casinas. En un tiempo que será antes (o después) de que se echaran de España a los judíos.
    Decían los viejos que como la Santa Madre Iglesia mandaba, los leoneses eran escrupulosos con las observancias que de ella emanaban, por eso en los días de Semana Santa no había licor que la madre tierra nos diera que los leoneses probaran, ni carne que ellos yantaran. Bien piadosos cumplían los preceptos y asistían a los ritos que la Iglesia decía.
    Eran los leoneses tan piadosos y tan cristianos que llegado el viernes Santo, llegado el momento de la muerte de Nuestro Señor, solo un culpable veían. Y a la pregunta de: ¿Quien mató a Dios Nuestro Señor?, la contestación era evidente y como una piña respondían: "LOS JUDÍOS". Ese mismo día, armados de palos, guadañas, hoces, espadas y todo lo que a sus manos cayeran dirigían sus pasos calle abajo desde la catedral hasta Santa Ana, para así vengar la muerte de su Señor. Eso ocurría cada año, cuando estas fechas de gran solemnidad religiosa se acercaban. Evidentemente algo había que hacer al respecto sobre el asunto, pues las autoridades, tanto civiles, como eclesiásticas, no podían permitir que semejante masacre ocurriera.
    Por ello, decidieron que en estas fechas piadosas de recogimiento y restricciones, se permitiera la venta de cierta bebida alcohólica más suave que el vino en las ventas de León, hecha de productos naturales: vino, azúcar y limón y rebajada con agua (para seguir manteniendo en parte sus mandatos). De este modo se pretendía que en el camino de la catedral hasta Santa Ana la población parara para humedecer sus gargantas en las numerosas ventas que en camino había, y dada la capacidad relajante y tonificadora de la bebida, desistieran de su ímpetu vengativo por la muerte de nuestro Señor Jesucristo. Así, por cada vaso que bebieran era como si un judío hubieran matado y no tenían que ir hasta Santa Ana. De ahí el matar un Judío por cada limonada que se beba.
    Ahora bien, las "malas lenguas" cuentan que la bebida siempre estuvo permitida es estas fechas y que debido a su "flojedad" conseguía emborrachar hasta al más sereno por lo que en su estado de embriaguez decidían tomarse la justicia por su mano y vengar la muerte de Nuestro Señor Jesucristo, por lo que el tomar limonada paso a ser sinónimo de matar judíos.

 

El niño y la mamá

   Al niño le habían nacido con túnica. Y el niño se sentía "papón" todos los meses del año. Y el niño, digo, una vez superado el aprendizaje de vivir la procesión en las filas y con cruz, quería llevar una bandera. Pero no una bandera cualquiera ¡quiá! sino una concreta. Ni más ni menos -genio y figura- que la de la Dolorosa. Alto picaba el zagal, que por entonces respiraba los aires del castizo León bajo los soportales de la propia Plaza Mayor, al lado del histórico Consistorio. Por eso, cada Domingo de Ramos acudía con puntualidad y esperanza a la Junta General que la Cofradía celebraba en el popular cine de los Agustinos, que servía, también, de salón de actos, teatro o cualquier otra actividad relacionada con la cultura de aquel León íntimo y afable. De modo que el muchacho, alto y espigao para su edad, entraba en la sala lleno de optimismo y convencido de su buena suerte, y salía, una vez concluida la asamblea de hermanos, cariacontecido y lleno de tristeza. La bandera del paso de la Dolorosa continuaba siendo una quimera y algo inalcanzable para él. Y encaminaba sus pasos de regreso a casa por General Sanjurjo, Santo Domingo, botines y la calle Ancha, dejándose menos que caer por la calle Nueva, rotulada como Domínguez Berrueta, hasta su hogar en la plaza grande de la ciudad. Allí le esperaba ¡faltaría más! su madre, que le preguntaba desde hacia dos años atrás: "Que pasó, hijo ¿te dieron la bandera?". El silencio del "paponín" de Jesús Nazareno resultaba elocuente. Una procesión más saldría con la cruz. Lleno de orgullo, eso sí, pero sin sentir -y sufrir- sobre el hombro el anuncio del último paso del cortejo, el de la Dolorosa, su madre del cielo a la que tanta devoción y amor tenía. "No te preocupes ni lleves disgusto, ni niño - dijo la madre esta vez- que el próximo año llevas la bandera".
    Y al año siguiente el niño, que había dotado a su cuerpo de unos buenos y espléndidos centímetros, no fue solo a la Junta General de hermanos. Esta vez llevaba a alguien que hablaría por él. Y aquella mujer y madre, que sentía a la Cofradía en lo más profundo de su corazón aunque nunca podría vestir la túnica (recordemos que la cofradía está compuesta sólo por hombres), le echó valor y severo leonesísmo y en medio de "tanto hombre" alzó la voz para ser escuchada. No dijo ni más ni menos. Sólo las justas. Las precisas. Las que le nacían del alma y amor a Jesús Nazareno y a la Virgen Dolorosa. La Junta de seises y el resto de hermanos se rindieron a la evidencia.
    Cinco días más tarde, en la amanecida de Viernes Santo, aquel "paponín" salía de la iglesia de Santa Nonia con la bandera casi fundida sobre su todavía frágil hombro, delante de la magnífica estampa, hecha madera y piedad, de la Dolorosa. Un "paponín" que fue desde la niñez un entrañable y caracterizado "papón", hasta llegar, años más tarde, a ser un gran abad.

Julio Cayón

Cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno
©Cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno
Capilla de Santa Nonia
Calle Santa Nonia s/n
24003 LEÓN
E-mail:
jesusnazareno@jhsleon.com