| Historias Curiosas |
| La Saca del Jueves Santo |
La "Saca" es una estampa emotiva que se
repite con la misma puntualidad que el calendario.
Acontece la festividad de Jueves Santo, que, para un
hermano de Jesús Nazareno, es día de expectación,
preparación, reflexión y esperanza. ¿Quién no aguarda
desvelado que "La Ronda", en mitad del silencio
de la noche, le recuerde la proximidad del alba? ¿Quién
no espera con impaciencia la llegada de las primeras
luces de Viernes Santo? Por eso, la primera reseña de la "Saca"
que ha llegado hasta nosotros de un modo fehaciente data
de 1847. Pero sin volver en exceso la vista atrás, en
los Estatutos de 1927, en el artículo 11, todavía se
podía leer: "El Jueves Santo se colocará una mesa
petitoria en la Capilla de Santa Nonia, cuya saca
organizará el Abad en la forma que tenga por
conveniente, con el auxilio necesario de los Seises, y si
lo creyere conveniente, el de los Hermanos". Máximo Cayón Dieguez |
| Las manolas |
En medio de las solemnidades religiosas y
tradicionales de la Semana Santa, hay una estampa
femenina, rescatada quizás un poco de los álbunes
familiares de antaño y de la propia memoria, que son las
"manolas". No obstante, la "manola"
que hoy entendemos, la mujer vestida a la española -
mantilla y peineta - que figura en los cortejos
procesionales, tenía otra idiosincrasia diferente no
más atrás de los años cuarenta. Así, la tarde de
Jueves Santo se echaban a la calle para recorrer los
"monumentos" que se eregían en las iglesias,
cual tradicional peregrinación previa al trágico día
de Viernes Santo. Eran otros tiempos y otra forma de
entender la vida.
Leal Caballero |
| Matar judios |
Dicen los viejos que los leoneses somos una gente muy
religiosa, y que siempre hemos tenido grandes agitaciones
por cuestiones de religión y más cuando de la muerte de
Nuestro Señor Jesucristo se trata. |
| El niño y la mamá |
Al niño le habían nacido con túnica. Y el niño se
sentía "papón" todos los meses del año. Y el
niño, digo, una vez superado el aprendizaje de vivir la
procesión en las filas y con cruz, quería llevar una
bandera. Pero no una bandera cualquiera ¡quiá! sino una
concreta. Ni más ni menos -genio y figura- que la de la
Dolorosa. Alto picaba el zagal, que por entonces
respiraba los aires del castizo León bajo los soportales
de la propia Plaza Mayor, al lado del histórico
Consistorio. Por eso, cada Domingo de Ramos acudía con
puntualidad y esperanza a la Junta General que la
Cofradía celebraba en el popular cine de los Agustinos,
que servía, también, de salón de actos, teatro o
cualquier otra actividad relacionada con la cultura de
aquel León íntimo y afable. De modo que el muchacho,
alto y espigao para su edad, entraba en la sala lleno de
optimismo y convencido de su buena suerte, y salía, una
vez concluida la asamblea de hermanos, cariacontecido y
lleno de tristeza. La bandera del paso de la Dolorosa
continuaba siendo una quimera y algo inalcanzable para
él. Y encaminaba sus pasos de regreso a casa por General
Sanjurjo, Santo Domingo, botines y la calle Ancha,
dejándose menos que caer por la calle Nueva, rotulada
como Domínguez Berrueta, hasta su hogar en la plaza
grande de la ciudad. Allí le esperaba ¡faltaría más!
su madre, que le preguntaba desde hacia dos años atrás:
"Que pasó, hijo ¿te dieron la bandera?". El
silencio del "paponín" de Jesús Nazareno
resultaba elocuente. Una procesión más saldría con la
cruz. Lleno de orgullo, eso sí, pero sin sentir -y
sufrir- sobre el hombro el anuncio del último paso del
cortejo, el de la Dolorosa, su madre del cielo a la que
tanta devoción y amor tenía. "No te preocupes ni
lleves disgusto, ni niño - dijo la madre esta vez- que
el próximo año llevas la bandera". Julio Cayón |
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